Puedes acceder a descuentos en nuestras rutas locales y talleres grupales
Cada año, entre agosto y octubre, un río invisible cruza el cielo de Suramérica. Son millones de aves que anidaron en el Ártico, en las praderas y en los bosques templados de Norteamérica, y que ahora emprenden un viaje épico para escapar del invierno boreal. Lo más asombroso es que una porción vital de ese "río de plumas" pasa exactamente por donde caminamos todos los días.
Esta temporada ya empezó. En las últimas semanas registramos las primeras playeritas: Andarríos solitario - Tringa solitaria, Patiamarilla menor - Tringa flavipes y Meneaculito - Actitis macularius, caminando el barro de nuestros humedales antes que cualquier otra especie: son la avanzada de una ola mucho más grande que entre septiembre y octubre va a llenar de plumaje nuevo cada rama, cada espejo de agua y cada cielo despejado del Oriente antioqueño.
Colombia recibe cada año cerca de 275 especies de aves que migran de alguna forma; 211 de ellas cruzan fronteras internacionales, la gran mayoría con origen en Norteamérica. Entran al país sobre todo por tres caminos:
Cruzando el Darién y la cordillera hacia el sur y la Amazonía
Bajando por el Caribe hacia los corredores andinos,
Siguiendo la línea de la costa pacífica
Todas estas aves usan playas, bosques y humedales como paradas de descanso y alimento en una carrera contra el reloj y contra el propio cuerpo.
Afirmar que el corredor del Río Negro y sus humedales asociados es el mejor lugar de la región para ver aves migratorias podría sonar a un simple halago de quienes amamos este territorio. Pero no es así: es una realidad respaldada por la ciencia ciudadana y la constancia.
Este relato y las fotografías que lo acompañan no serían posibles sin la participación de Néstor Monsalve, un pajarero vecino del corredor. La frecuencia de sus visitas a lo largo de los años, su ojo agudo y su juicioso trabajo de registro de especies se han convertido en un insumo estadístico invaluable. Sumando sus listas a las nuestras y las de los demás aficionados al avistamiento de aves que visitan estos lugares, hemos transformado la intuición en evidencia: los números demuestran que este es un corredor biológico de primer nivel, un oasis crítico para las especies en tránsito.
Esta evidencia ciudadana coincide con el respaldo institucional. En 2025, Cornare y la Alcaldía de Rionegro publicaron la Guía de Aves de Rionegro, resultado de más de cinco años de monitoreo que documentó 162 especies, con estudios centrados justamente en este sistema hídrico.
Los senderos del río Negro en El Porvenir y el humedal de la Amalita, nuestros dos puntos de observación más constantes, están al borde de urbanizaciones y construcciones que avanzan año tras año y le disputan cada metro cuadrado a la ribera. Y no es solo el espacio, también es el agua: el río Negro y sus afluentes, sostienen todo este sistema de humedales, y cada vertimiento, cada pérdida de caudal, reduce lo que estas aves encuentran cuando llegan después de volar miles de kilómetros sin parar.
Los playeros son la vanguardia de la temporada: llegan desde julio porque anidan en la tundra ártica, donde el verano es tan corto que apenas terminan de criar ya están volando hacia el sur. No buscan árboles, sino barro expuesto e invertebrados, así que su llegada depende directamente de qué tan bajo esté el nivel del agua en cada humedal.
Detrás de los playeros llega la primera ola de patos migratorios, atraídos por semillas, algas e invertebrados que flotan en aguas abiertas. El Pato medialuna - Spatula discors y el Pato Cucharón - Spatula clypeata, que ya fue protagonista de nuestro blog del Humedal Guadalcanai suelen aparecer con el grueso de la migración, entre septiembre y octubre, y pueden quedarse hasta marzo o abril antes de emprender el regreso.
No todas las rapaces migratorias viajan en bandada. El Esmerejón - Falco columbarius y el Halcón Peregrino - Falco peregrinus llegan atraídas por la concentración de cientos de aves pequeñas migratorias que para ellos son comida en tránsito. Tambien llegan algunos individuos migratorios de Águilas pecadoras - Pandion haliaetus. Pasan hacia el sur entre septiembre y octubre, y vuelven a cruzar el cielo antioqueño camino al norte entre febrero y abril.
Este grupo, igual de discreto que numeroso, caza insectos al vuelo desde una percha fija, así que busca ramas despejadas con buena visibilidad más que un árbol específico. Incluye al Pibí Boreal, Occidental y Oriental (Contopus cooperi, sordidulus y virens), los esquivos mosqueritos del género Empidonax (Acadiense, de Alisos y Saucero, casi imposibles de diferenciar en foto sin escuchar el canto), el Copetón Viajero (Myiarchus crinitus), el Mosquero Vientriazufrado (Myiodynastes luteiventris) y el Tirano Norteño (Tyrannus tyrannus). Llegan entre agosto y octubre, y muchos se quedan hasta marzo.
Esta es una de las aves migratorias con la caída poblacional más pronunciada de Norteamérica, así que cada registro nuestro también es un dato de conservación.
Es, de lejos, el grupo más numeroso y diverso, y el que más transforma el paisaje sonoro del corredor entre septiembre y abril. Buscan follaje cargado de insectos pequeños para recuperar energías en su gran viaje.
Llegan atraídos por árboles en fructificación del dosel medio, entre los que los yarumos (Cecropia spp.) suelen ser los favoritos en la región. Los turpiales migratorios, Hortelano y de Baltimore (Icterus spurius e I. galbula), además de fruta buscan floración vistosa, siendo los parques lineales del río un sitio con presencia de árboles con este tipo de alimento. Todos llegan entre septiembre y octubre y permanecen hasta abril.
La magia de la observación de fauna radica en la sorpresa. Aunque el Humedal Guadalcanal tiene sus habitantes habituales, en ocasiones la naturaleza nos regala momentos excepcionales: especies errantes, migratorias desviadas de su ruta o aves elusivas que deciden, por un instante, dejarse ver entre la bruma y los juncos.
Estos avistamientos no son solo trofeos fotográficos; son bioindicadores que subrayan la conectividad ecológica de Rionegro con otros ecosistemas.
Confirmada solo en los senderos del río. Los registros de esta especie nos revelan un dato fascinante: se ha documentado a un solo individuo llegando año tras año exactamente a la misma curva del río. Su presencia es totalmente dependiente de un nivel bajo del afluente que le permita sondear el barro con su pico largo buscando invertebrados. Su plumaje críptico la hace casi invisible hasta que uno la tiene casi encima, lo que la convierte en uno de los retos fotográficos más gratificantes del corredor.
Confirmado en los senderos del Río Negro, barrio El Porvenir. Si aún no conoces a este visitante, es el protagonista de nuestro blog anterior.
Un avistamiento algo raro para la región andina, con registros de sobrevuelo ocasional desde el 2023. Aunque no se ha observado posada o interactuando directamente con el territorio, su presencia sugiere que utiliza el sistema de humedales asociados a la ribera del Río Negro como corredor migratorio. La altura a la que se le ve surcar el cielo evidencia que sí interactúa con la zona, siendo muy probable que utilice algún cuerpos de agua cercanos para reposar durante su travesía.
Confirmadas pasando en sobrevuelo sobre toda la cuenca. Aprovechan las corrientes térmicas para planear en bandadas de cientos de individuos a lo largo de su migración, y se ha registrado que utilizan las partes altas de la vereda Yarumal para percharse y descansar. Cuando aparecen, cambian el cielo por completo.
Entre los visitantes más imponentes que recibe el corredor está la Garza morena. Llega a buscar las aguas calmadas del río Negro y los bordes de los humedales, donde se queda completamente inmóvil durante largos periodos para pescar. Aunque su gran tamaño lo hace inconfundible a la distancia, su método de caza lo hace sumamente vulnerable a las alteraciones del entorno: necesita orillas con vegetación natural y aguas poco profundas y limpias.
Este rálido migratorio boreal se mueve entre la vegetación densa, donde pasa fácilmente desapercibido y rara vez se deja ver con claridad. Es una especie bastante registrada en la cordillera Oriental, pero más rara de ver en esta región.
Sus registros en el Humedal de la Amalita son esporádicos, pero constantes a lo largo de los años, lo que indica que este ecosistema cumple un papel importante como sitio de refugio durante su migración.
Se ve atraída por las semillas de plantas acuáticas y pequeños invertebrados en aguas poco profundas, donde encuentra alimento mientras se desplaza de forma sigilosa entre los juncos.
El 10 de octubre es el Día Mundial de las Aves Migratorias. Cada lista que Néstor y otros observadores suben a eBird desde estos corredores acuàticos y humedales es la evidencia pura y dura que sostiene que este corredor merece protegerse.
Saber que una Becasina regresa a la misma curva del río cada año significa que esa ave voló miles de kilómetros confiando en que ese exacto pedazo de barro seguiría allí. Cada metro que pierde el humedal frente a una construcción, o cada litro de agua que altera el caudal del afluente, pone en riesgo directo su supervivencia y su descanso.
Tenemos la fortuna de tener este corredor en el patio de atrás. Las próximas semanas son de las mejores del año para salir a verlo con calma, seguimos programando nuestras salidas de pajareo por estos senderos: siempre hay espacio para quien quiera sumarse y ayudarnos a documentar quiénes nos visitan.
Escritura: Sebastián Calle | Fotografía: Sebastián Calle y Nestor Monsalve